Una tercera entrega que por fin entendió lo que tenía entre manos
Hay producciones que llegan a una tercera entrega con la intención de expandir su universo, profundizar en sus personajes y demostrar que todavía tienen algo que contar. Y luego está esta historia, que necesitó llegar a su tercera entrega para recordar, finalmente, qué era lo que hacía especial a la original.
Porque seamos sinceros: la primera y la segunda entrega de esta continuación son para olvidarlas. No porque fueran simplemente inferiores a lo que habíamos visto antes, sino porque parecían empeñadas en desmontar todo aquello que había funcionado. Personajes que perdieron su esencia, situaciones que aparecían de la nada, decisiones de guion difíciles de justificar y una serie de acontecimientos que, en lugar de ampliar la historia, parecían pertenecer a otra novela.
Por eso resulta curioso que sea precisamente esta tercera entrega la que consiga rescatar algunos de esos pedazos.
No estamos ante una obra perfecta, ni mucho menos. Pero al menos aquí se percibe una intención. Hay una dirección, una estética y sobre todo, una comprensión mucho más clara de los personajes y del universo que se está utilizando. Es como si alguien finalmente hubiera entrado a la sala de guionistas, hubiera mirado todo el desastre y hubiera preguntado: “Bueno, ¿y si intentamos recordar por qué la gente quería a estos personajes?”.
Y, milagrosamente, funcionó.
El problema de inventar por inventar
Uno de los grandes problemas de las entregas anteriores fue la cantidad de elementos que parecían introducidos sin ningún respeto por la historia que ya conocíamos.
El ejemplo más evidente es el famoso nieto de Inés. El problema no es solamente que el personaje aparezca, sino que su existencia choca directamente con lo que se había establecido anteriormente. Inés tuvo nietas; unas vivían en Rusia y otras en Canadá. Entonces, de repente, aparece este supuesto nieto, Jeff, colombiano y proveniente de un barrio pobre, como si siempre hubiera estado allí y nosotros simplemente hubiéramos sido demasiado distraídos para notarlo.
Y ahí es donde el espectador empieza a hacerse preguntas que jamás debería tener que hacerse al ver una continuación: ¿de dónde salió?, ¿quién decidió que este personaje existía?, ¿en qué momento ocurrió todo esto?, ¿y por qué nadie se molestó en explicarlo?
Una continuación puede introducir nuevos personajes. Eso es perfectamente válido. Lo que no puede hacer es pretender que los espectadores olvidamos lo que vimos anteriormente.
El problema no es crecer. El problema es crecer contradiciendo la propia historia.
Y eso ocurrió demasiadas veces.
Sandra y la necesidad de meter temas a la fuerza
Otro caso es el de Sandra y su incorporación al mundo LGBT, que se siente completamente forzada.
No porque el tema LGBT no pueda formar parte de una novela. Por supuesto que puede y el mundo Lombardi lo reafirma. El problema es cuando una característica o una trama parece agregarse porque alguien decidió que “hay que incluir esto”, pero no porque exista una verdadera necesidad narrativa.
Una buena representación nace de personajes bien construidos. No consiste simplemente en tomar a un personaje que ya conocemos y colocarle una nueva característica que no aporta nada a su historia.
Con Sandra ocurrió precisamente eso: más que sentirse como una evolución natural del personaje, se sintió como una decisión externa al personaje. Y cuando eso ocurre, el espectador lo nota inmediatamente.
Y después tenemos a Betty...
Pero si hubo una decisión que me costó entender fue la manera en que volvieron a presentar a Betty.
Betty es uno de esos personajes que no necesitan demasiada explicación. Precisamente por eso resulta tan frustrante verla convertida nuevamente en la versión resentida que muchos espectadores terminaron odiando.
Después de todo lo que había vivido, después de las experiencias que habían construido su personalidad y de la evolución que tuvo a lo largo de la historia, parecía mucho más interesante explorar a una Betty madura, consciente de lo que quiere, con las heridas del pasado, sí, pero también con la capacidad de mirar hacia adelante.
En cambio, decidieron regresar al recurso fácil: Betty resentida.
Otra vez.
Es casi como si los guionistas hubieran encontrado una caja con todos los elementos de la historia original y hubieran decidido sacar los que más habían funcionado comercialmente, sin preguntarse si todavía tenían sentido para los personajes.
Y ese es precisamente el problema de muchas continuaciones: confunden repetir con homenajear.
Por fin aparece el Armando que queríamos
Ahora bien, no todo es destrucción.
Uno de los mayores aciertos de esta tercera entrega es el regreso del verdadero Armando Mendoza.
Aquí sí se siente nuevamente el personaje. Esa personalidad, esa energía y esa mezcla de arrogancia, inseguridad, inteligencia y capacidad para meterse en problemas que hicieron que Armando fuera Armando.
No una versión genérica del personaje. No un Armando escrito simplemente para cumplir con la nostalgia.
El Armando que realmente reconocemos.
Y eso demuestra algo muy sencillo: cuando se respetan los personajes, no hace falta inventar demasiadas cosas para recuperar el interés del público.
El personaje ya tenía todo lo necesario.
Solo había que dejarlo ser él mismo.
Calderón: otra oportunidad desperdiciada
La ausencia de Calderón también se siente.
Y sinceramente, después de ver lo que hicieron con el personaje, tampoco resulta difícil entender por qué el regreso no ocurrió.
Calderón era un personaje con una posición concreta dentro de la historia. Era accionista, tenía una relación determinada con la empresa y formaba parte de ese ecosistema de poder que hacía interesante la dinámica entre los personajes.
Pero en lugar de recuperar ese papel, las entregas anteriores parecieron empeñadas en reducirlo hasta convertirlo prácticamente en un empleado cualquiera.
¿Para qué?
Es una de esas decisiones que hacen que uno mire la pantalla y piense: “¿Pero no se acuerdan de quién era este personaje?”.
No hacía falta convertir a Calderón en el protagonista. Bastaba con respetar su lugar dentro de la historia y recordar que si él jamás Armando se hubiera fijado en Betty.
Y esa es otra de las grandes lecciones de esta tercera entrega: cuando un personaje tiene una identidad establecida, no hay necesidad de reinventarlo completamente.
Nacho: finalmente podemos respirar
Y luego está Nacho.
Qué bueno que ya no está.
Lo digo con todo el cariño posible hacia quien interpretó al personaje, pero su inclusión dentro de la novela era sencillamente irrelevante. No aportaba una pieza necesaria al rompecabezas; parecía más bien otro intento de introducir algo nuevo sin saber exactamente para qué.
Hay personajes secundarios que enriquecen una historia.
Y hay personajes secundarios que hacen que uno se pregunte cuánto falta para que termine su escena.
Nacho pertenecía claramente al segundo grupo.
Su desaparición no genera precisamente un vacío narrativo. Más bien produce la sensación de que, por fin, alguien decidió retirar una pieza que nunca terminó de encajar.
Una dirección con personalidad
Visualmente, esta tercera entrega también tiene algo diferente.
Se nota muchísimo una influencia de Wes Anderson. Los encuadres, la composición de los planos, la manera de presentar determinadas escenas y esa sensación casi calculada de cada toma hacen evidente que detrás de la cámara había alguien con una propuesta visual definida.
Y esto, particularmente, me gustó.
Puede que no sea el estilo que uno esperaría encontrar en este universo, pero al menos hay una intención. Hay una personalidad visual.
Después de dos entregas que por momentos parecían no saber hacia dónde iban, encontrar una propuesta estética coherente resulta refrescante.
Prefiero mil veces una decisión visual que pueda discutirse a una producción que parezca hecha en piloto automático.
Porque al menos aquí alguien está intentando contar algo.
El verdadero problema: todo esto debió ocurrir desde el principio
Y aquí llegamos al punto más frustrante.
Esta tercera entrega demuestra que la historia tenía potencial.
Muchísimo.
El problema es que ese potencial debió explotarse desde la primera entrega de esta continuación.
En lugar de saltar de una situación a otra, introducir personajes sin contexto y llenar la historia de contradicciones, lo lógico habría sido comenzar explicando qué ocurrió con cada uno de los personajes.
¿Qué pasó con sus vidas?
¿Cómo cambiaron sus relaciones?
¿Qué ocurrió con la empresa?
¿Cómo evolucionaron los conflictos?
¿Dónde estaban aquellos personajes que ya conocíamos?
¿Qué consecuencias tuvieron los acontecimientos anteriores?
Eso es lo que una continuación debería hacer y para muestra la saga de Cobra Kai.
No se trata simplemente de volver a poner a los personajes conocidos en pantalla. Se trata de demostrar que el tiempo pasó y que sus vidas también cambiaron.
Aquí, finalmente, empezamos a ver algo de eso.
Y por eso da tanta rabia pensar en todo lo que se desperdició anteriormente y que quizá no le aprueben una cuarta entrega por el fracaso de la primera y segunda.
RCN, todavía hay material allí...
Si algo deja claro esta tercera entrega es que todavía existe material para contar.
El universo tiene personajes reconocibles, relaciones que pueden explotarse, conflictos que todavía pueden desarrollarse y, sobre todo, una audiencia que evidentemente sigue teniendo interés.
Entonces, ¿por qué hacerlo a cuenta gotas?
¿Por qué diez episodios y esperar otro año?
¿Por qué fragmentar una historia que necesita desarrollo?
Si realmente quieren continuarla, háganlo de verdad.
Denle una temporada larga. Cien episodios si es necesario. Construyan las historias, desarrollen a los personajes, expliquen las contradicciones y permitan que los conflictos tengan tiempo de respirar.
Porque una novela no puede desarrollar una historia compleja a la velocidad de un tráiler.
Y mucho menos puede pretender que el público espere un año para recibir otros diez episodios que apenas alcanzan a mover las piezas del tablero.
Una oportunidad que todavía no está perdida
La ironía es que después de dos entregas que parecían destinadas a destruir cualquier posibilidad de continuar esta historia, la tercera termina demostrando que todavía había algo que rescatar.
No todo funciona.
Hay decisiones cuestionables, personajes que siguen estando mal utilizados y elementos que debieron explicarse mucho mejor.
Pero por primera vez en mucho tiempo se siente que alguien entendió que no hacía falta reinventar completamente este universo.
Había que volver a sus raíces.
Había que recuperar a los personajes.
Había que respetar lo construido.
Había que contar una historia.
Y, sobre todo, había que dejar de inventar cosas simplemente porque sí.
Esta tercera entrega no borra los errores anteriores. Tampoco convierte mágicamente las dos primeras entregas en buenas.
Pero sí consigue algo que parecía bastante difícil: recuperar algunos de los pedazos que quedaron tirados por el camino.
Y quizá por eso mismo resulta tan frustrante.
Porque demuestra que la historia todavía podía funcionar.
El potencial siempre estuvo ahí.
El problema fue que tardaron demasiado en darse cuenta.

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